VII CONFERENCIA DE EXAMEN DEL TRATADO
DE
NO PROLIFERACIÓN DE ARMAS NUCLEARES
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SÉRGIO DUARTE
Embajador, Presidente de la Conferencia
de Examen. |
La VII Conferencia de Examen (ConfEx) del Tratado de No Proliferación
de Armas Nucleares tuvo lugar en Nueva York entre el 2 y el 27 de mayo de
2005. Reunidas cada cinco años, como lo estipula el propio Tratado,
sus 188 Partes evalúan el desempeño del instrumento y toman
decisiones respecto al funcionamiento del régimen por él instituido.
La ConfEx de 2005 se inició en un ambiente de gran preocupación
internacional por la no proliferación y el desarme nucleares. Los
grandes desafíos al régimen resultaban evidentes: No era sólo
que únicamente tres Estados se mantenían al margen del Tratado
(Israel, India y Pakistán), sino que, además, los dos últimos
se habían declarado poseedores de armas nucleares1. Además,
la República Popular y Democrática de Corea anunció
su retirada del Tratado y su decisión de fabricar tales armas, mientras
que se acusaba a Irán de desarrollar un programa nuclear bélico
clandestino. Libia acaba de reconocer que ha abandonado semejante esfuerzo,
no detectado por los mecanismos de verificación. Por su parte, los
países reconocidos por el TNP como poseedores de armas atómicas
(los Estados Unidos, Rusia, Francia, el Reino Unido y China) se veían
como poco propensos a tomar medidas firmas en el campo del desarme nuclear,
como lo preconiza el propio tratado (Art. VI). Algunos de éstos refutaban
abiertamente las decisiones en ese sentido tomadas por la RevConf anterior,
en 2000. Para completar el panorama, la posibilidad de adquisición
de artefactos nucleares explosivos por parte de grupos extremistas le daba
una nueva y siniestra dimensión al problema de la proliferación
y del terrorismo internacional.
En los tres años anteriores a la ConfEx de 2005, las Partes del TNP
intentaron, sin éxito, llegar a acuerdos sobre las bases conceptuales
y las decisiones de procedimiento necesarias. En la última de las
tres Conferencias Preparatorias (PrepComs), resultó imposible siquiera
aprobar una agenda para recomendarla a la ConfEx. Una de las pocas decisiones
procesales tomadas fue la elección de Brasil, en mi persona, para
la Presidencia de la ConfEx. Ante mi insistencia, en la PrepCom III (abril
de 2004), se me encargó también de realizar consultas con
miras a la preparación de la ConfEx, tanto en cuanto a sustancia
como en lo referido a procedimiento. En el lapso entre estas dos Conferencias,
intenté liberarme de esta tarea, para lo que conté con el
firme apoyo de Itamaraty.
Al inaugurarse la ConfEx, el 2 de mayo de 2005, no se había llegado
a un acuerdo sobre el punto principal de la agenda: dónde debería
estar el énfasis en los trabajos. Los Estados Unidos no admitían
mención alguna a los resultados de la ConfEx de 2000 (que había
acordado medidas prácticas de desarme nuclear, los llamados “13
Pasos” y proponían que la Conferencia de 2005 se ocupase de
los “acontecimientos recientes”, es decir, de las acusaciones
contra Irán. Contra esto se rebelaba este último país,
con la simpatía de muchos miembros del Movimiento de No Alineados
(MNA). Otros países nucleares y algunos de sus aliados argumentaban
que la ConfEx se debía ocupar solamente de la no proliferación.
A su vez, Egipto, apoyado por los países árabes y auxiliados
por varios del MNA, condicionaba toda decisión procesal a avances
en la situación del Medio Oriente. La motivaciones egipcias parecían
complejas e iban más allá del ámbito de la ConfEx.
La intransigencia de uno a otro lado tornaba extremadamente difícil
un acuerdo, ya que la regla de consenso, escrupulosamente conservada, hace
que cada Parte del Tratado disponga, en la práctica, de poder de
veto sobre cualquier decisión.
Con este panorama se inició el debate general, mientras yo llevaba
a cabo intensas consultas al margen de la Conferencia para lograr acuerdo
sobre la agenda o sobre el programa de trabajo, pasos indispensables para
la consideración de aspectos sustanciales. Se agotaron casi dos semanas
en largas reuniones formales e informales, hasta que se logró una
fórmula capaz de obtener el consenso de todas las Partes respecto
a la agenda. Fueron necesarios unos días más para la definición
del programa de trabajo. Cuando, finalmente, las tres Comisiones Principales
pudieron iniciar sus actividades, ya no quedaba tiempo útil para
lograr un resultado práctico sobre los temas sustanciales. Dado el
clima de desconfianza y animosidad entre las Partes, sumado al abismo que
separaba a las principales propuestas respecto de esos temas, de cualquier
forma, un consenso habría sido extremadamente difícil, si
no imposible. Durante los últimos días de la ConfEx, procuré
borronear un texto sucinto que pudiera reunir a las Partes en torno a expresiones
de apoyo al TNP y sus objetivos, pero el nivel de intransigencia era demasiado
fuerte. No le quedó otra alternativa a la Conferencia más
que encarar de frente su propia frustración. En su sección
sustantiva, el Documento Final consigna simplemente la inexistencia de acuerdo.
Por lo tanto, hay muchos que consideran que la Conferencia de Examen de
2005 fue un absoluto fracaso. Otros prefirieron caracterizar su frustrante
desenlace como dentro de la normalidad —ya que un resultado semejante
se produjo en las RevConfs de 1975, 1980 y 1990— considerando que,
si no hubo avances para los defensores de determinadas posiciones, tampoco
tuvieron beneficios los que abogaban por puntos de vista contrarios. Hay
otros que aún apuntan a útiles debates sustantivos sobre temas
como el de la denuncia del Tratado y su relación con el Artículo
X. Mientras tanto, la inmensa mayoría considera que la credibilidad
del régimen instituido por el TNP se encuentra amenazada y que es
urgente la búsqueda de soluciones constructivas, tanto para restringir
una nueva onda de proliferación de armas nucleares como para la promoción
del desarme nuclear.
Desde el punto de vista sustantivo, la principal divergencia se centraba
en la insistencia del MNA, con cierto apoyo de la Unión Europea (UE),
en la necesidad de avances concomitantes tanto en el campo de la no proliferación
como en el del desarme nuclear; en contraposición, los cinco países
militarmente nucleares consideraban, con matices pronunciados, que la prioridad
debía estar en las medidas de no proliferación. Los Estados
Unidos parecían desear únicamente la condena a las actividades
de Irán y rechazaban todo avance basado en los resultados de la ConfEx
de 2000 y, especialmente, menciones al Tratado de Prohibición Completa
de los Ensayos Nucleares (conocido por su sigla en inglés CTBT).
La UE se inclinaba por un tratamiento no polémico de la cuestión
iraní, mediante el fortalecimiento del sistema de salvaguardias del
Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), y parecía
favorecer la primacía de la no proliferación sobre el desarme,
por lo menos en el actual estado de situación. Los no alineados,
grupo numeroso y heterogéneo, se mantenían unidos en torno
a posiciones elitistas cuya rigidez dejaba poco margen para el consenso.
Su cohesión se manifestó sobre todo en la dificultad para
retirarse de la solidaridad con Egipto e Irán y para evolucionar
a fin de evitar el impasse procesal. Finalmente, este fue vencido, en gran
parte principalmente gracias a la actividad de algunos de los miembros más
influyentes de ese grupo, lo que, en cambio, no fue suficiente para promover
consensos sobre puntos sustantivos.
Independientemente de un análisis más profundo de los motivos
que expliquen la falta de resultados de la ConfEx, interesa ahora meditar
sobre las consecuencias para el futuro del régimen de no proliferación
y sobre las posibilidades de avances en el sentido del desarme nuclear.
Es evidente el desencanto de muchas de las Partes del TNP con la performance
de los instrumentos que la comunidad internacional logró construir
a lo largo de las últimas décadas. Al posible desgaste del
propio TNP se suman la resistencia de los Estados Unidos al CTBT (principal
impedimento para la puesta en vigencia de este último Tratado); la
permanente negación de los Estados militarmente nucleares a extender
garantías efectivas de seguridad a los países no dotados de
estas armas; la permanencia, en tales Estados y sus aliados, de doctrinas
militares que contemplan el uso de armas atómicas; los esfuerzos
en pro del perfeccionamiento de los arsenales nucleares existentes; la emergencia
de países en desarrollo dispuestos a utilizar para fines declaradamente
pacíficos tecnologías de uso doble; la relativa ineficacia
de los sistemas de verificación del OIEA, como quedó comprobado
en el caso de Irán, y el fenómeno contemporáneo del
extremismo terrorista. El telón de fondo de las divergencias sobre
cómo tratar estas cuestiones es, naturalmente, el carácter
discriminatorio inherente al propio TNP, que exige de sus miembros no nucleares
la fiel ejecución de compromisos vinculantes de no proliferación,
bajo verificación del OIEA, mientras que las obligaciones de sus
Partes nucleares en cuanto al desarme están expresadas de manera
vaga y no están sujetas a monitoreo alguno.
En los primeros años de la década del ’60, cuando la
idea de elaboración de un tratado de no proliferación ganaba
terreno en las Naciones Unidas, una resolución de la Asamblea General
(A/RES/2028, del 19.11.1965) estipuló las líneas básicas
que deberían guiar la negociación de un futuro tratado en
este sentido. La principal de ellas era “un equilibrio aceptable de
responsabilidades y obligaciones mutuas entre los poseedores y no poseedores
de armas nucleares”. Durante la segunda mitad de esa década,
las dos superpotencias de la época, los Estados Unidos y la Unión
Soviética, negociaron entre sí un texto de tratado, con alguna
participación de ciertos países de la alianza occidental,
y lo presentaron de inmediato al entonces Comité de las Dieciocho
Naciones para el Desarme (ENDC), en Ginebra. A pesar de la resistencia de
diversos países no nucleares, entre ellos Brasil, las dos superpotencias
encaminaron su proyecto a la Asamblea General de las Naciones Unidas, la
que lo endosó en 1968 y recomendó la firma de todos sus miembros.
De a poco, la mayor parte de la comunidad internacional fueron firmándolo
y ratificándolo; el Congreso Nacional Brasileño lo ratificó
en 1998, con la reserva expresa de que lo hacía en el entendimiento
de que se darían pasos concretos en pro del desarme nuclear.
El Embajador João Augusto de Araújo Castro, hoy fallecido,
caracterizaba la situación, a comienzos de los años ’70,
llamándola “congelamiento del poder mundial”, cuyos principales
instrumentos, en su opinión, eran la Carta de las Naciones Unidas,
con la consagración del derecho a veto a los cinco miembros permanentes
del Consejo de Seguridad, y el Tratado de No Proliferación de Armas
Nucleares, que reconoce a los mismos cinco países, con exclusión
de todos los demás, el status de potencias legalmente poseedoras
de armamento nuclear. Estas potencias parecen interpretar este reconocimiento
como una garantía de la posesión permanente de sus arsenales
nucleares. Durante las décadas de la Guerra Fría, esta situación
se mantuvo estable; sin embargo, a partir del desmantelamiento de la Unión
Soviética, de la emergencia del poderío bélico incontrastable
de una única potencia y de la creciente marginalización de
las Naciones Unidas para encarrilar y solucionar las crisis internacionales,
comenzaron a surgir manifestaciones divergentes sobre la estructuración
de las formas de relación internacionales en el campo del desarme
y de la no proliferación. Por un lado, las principales potencias,
no interesadas en el tratamiento multilateral y alarmadas por la siniestra
realidad posterior al 11 de septiembre, comenzaron a confiar en entendimientos
ad hoc para el control de la proliferación nuclear, más que
en los instrumentos ya existentes; por otro, preocupados por la creciente
amenaza de ingerencia e intervención, los demás países
reclaman una participación más amplia en las decisiones internacionales
y se rebelan contra tentativas de restringir su capacidad soberana de actuación.
Es este, por ejemplo, el caso de las dos propuestas de control del ciclo
de combustible nuclear formuladas, respectivamente, por el Presidente George
Bush y por el Director General de la OIEA, Mohamed El-Baradei, ambas vistas
con gran reserva por parte de los países que detentan la tecnología
del enriquecimiento de uranio y que se muestran dispuestos a continuar con
los planes de su plena utilización para fines pacíficos, como
les faculta del TNP. A este respecto, es interesante señalar que
solamente en el momento en que países en desarrollo comienzan a dominar
la tecnología del enriquecimiento de uranio y se muestran dispuestos
a competir en el mercado internacional, el tema comienza a producir alarma
entre los que ya hace mucho tiempo que disponían de este conocimiento.
En esta segunda mitad del año 2005, los países más
activos parece movilizarse para intentar limitar las consecuencias negativas
del fracaso de la VII Conferencia de Examen del TNP. Ya comienzan a circular
algunas sugerencias de países unidos no nucleares y de ONGs responsables
en simposios e instituciones internacionales privadas. A la vez, en el polo
opuesto, crece la proclama en pro de iniciativas unilaterales o plurilaterales
(es decir, apoyadas por un número limitado de países, en contraposición
a la totalidad de la comunidad internacional), principalmente procedentes
de países occidentales, con miras a un mayor control de las actividades
que puedan considerarse nocivas para la seguridad nuclear. Tal vez sea aún
temprano para medir el alcance y las posibilidad de éxito de estas
ideas y preparativos, que necesitarán tiempo para su gestación
y maduración en el ambiente dinámico y cambiante de las relaciones
internacionales de nuestro tiempo. En cambio, lo que sí parece tomar
cuerpo es la conciencia de la importancia de un nuevo consenso para que
las iniciativas y propuestas que afectan a la comunidad internacional como
un todo, en el campo de la proliferación y del desarme nucleares,
así como en la esfera más amplia de la seguridad colectiva,
se debatan y se adopten con una participación amplia y no discriminatoria
de todos sus miembros. Solamente así será posible impedir
que avance la tendencia hacia el descreimiento en la capacidad de los instrumentos
internacionales para combatir la proliferación de armas nucleares
y promover el desarme. A pesar de sus imperfecciones y pecados originales,
el Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares sigue siendo el
principal instrumento de que dispone la comunidad internacional en este
campo. Les cabe a todos sus miembros la responsabilidad de preservar los
logros obtenidos a lo largo de los 35 años de su existencia, velar
por el cabal cumplimiento de todas las obligaciones en él estipuladas
y trabajar para la realización completa y final de sus objetivos,
recuperando así la credibilidad y la autoridad del TNP. La alternativa
—inaceptable— es la primacía de la arbitrariedad y de
la fuerza al servicio de intereses parroquiales y la asignación de
perpetuidad a los desequilibrios de que aún padece la realidad de
las relaciones internacionales.
1 Israel mantiene su política
de no confirmar ni negar la posesión de armas atómicas.
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